"Pobre eres, si no llevas repletas las arcas de tu corazón”. Autor: Miguel Abuelo

PS María Isabel Mardones Gutiérrez

A lo largo de lo últimos 25 años se han ido planteando diferentes modelos explicativos de tipo genérico sobre el maltrato infantil. Todas las revisiones del tema coinciden en realizar una misma secuenciación de los modelos etiológicos prevalecientes ( Spinetta y Rigler, 1972 ; Wolfe, 1985 ; Milner, 1990 ).

Las primeras hipótesis siempre se focalizaron en la supuesta presencia de trastornos psiquiátricos en los padres que justificaban el bloqueo, la distorsión o la no adquisición de los recursos para desempeñar el rol de padre y madre. La existencia de múltiples casos de maltrato infantil en los que no se apreciaba ninguna alteración psicopatológica hizo poner en cuestión tal hipótesis. Desde este modelo, y por la razón citada, se fue produciendo un desplazamiento hacia la búsqueda de aquellas características del funcionamiento psicológico que, sin ser consideradas como patológicas, explicarían disfunciones en la ejecución del rol parental.

Posteriormente se inició una toma de conciencia sobre la importancia de los factores socioeconómicos en la explicación del maltrato infantil. Las situaciones de estrés derivadas de fuertes privaciones de tipo económico y social se empezaron a considerar relevantes a partir de 1970, dando lugar a los denominados modelos sociológicos o socio ambientales. Se defendió la importancia de los factores socioeconómicos en la explicación del maltrato, argumentando que la ausencia de detección de maltrato en otras clases sociales no tiene porque ser indicativa de que en dichas clases se produzca en la misma proporción que en las clases más bajas. En esta línea de tipo socio ambiental se han seguido llevando a cabo trabajos que demuestran la asociación entre maltrato y estrés socioeconómico, como el desarrollado por Kostelny (1992). Este autor trata este aspecto desde una perspectiva más compleja y aborda la cuestión en términos de un mayor “empobrecimiento social “(menor acceso a recursos sociales, menor calidad de la red de soporte social) presente en ambientes con una frecuencia más alta de maltrato y abandono infantil.

La evidencia de que ninguna de las variables de tipo sociológico eran, por sí mismas, ni necesarias ni suficientes para explicar la etiología del maltrato infantil, hizo que surgieran los modelos etiológicos de tipo psicosocial y socio interaccional, en los que se tratan de integrar los aspectos psiquiátricos y psicológicos con los aspectos sociales, culturales y ambientales (Wolfe, 1985).

El trabajo de Belsky (1980) se convirtió en cierta forma, en la referencia obligada de los modelos ecosistémicos. La integración en cada caso concreto, de variables de diferentes niveles ecológicos se consideró como el aspecto

En el nivel macrosistémico, se incluirían esencialmente tres tipos de variables: las de tipo socioeconómico, las de tipo estructural y las de tipo cultural. Entre las primeras se incluyen todas aquellas cuestiones relacionadas con los recursos económicos de una sociedad, la distribución de los mismos, las crisis económicas y las tasa de desempleo, etc. Las variables de tipo estructural se relacionan con aquellos aspectos de organización y funcionamiento concreto de una sociedad o colectivo que afectan a las posibilidades de cada individuo de acceder a los recursos de asistencia y de ser protegido por un entramado de normas y recursos en momentos de necesidad o crisis. El tercer tipo de variables se relaciona con las actitudes y valores predominantes en cada grupo social y en cada momento histórico sobre aspectos de la forma de educar a los niños, de satisfacer sus necesidades, de comprender el papel de cada miembro de la familia, etc.

El concepto de exosistema incluye todos aquellos aspectos que rodean al individuo y la familia y que les afectan de manera directa. Se incluyen dos grandes bloques de variables: las relaciones sociales y el ámbito laboral. Con respecto a esta última, el aspecto más estudiado ha sido el relativo al desempleo. La mayoría de las revisiones realizadas coinciden en señalar que, el las muestras de familias detectadas como maltratantes, cerca de la mitad habían experimentado una situación de desempleo. Esta variable explicaría situaciones de maltrato o abandono por las frustraciones derivadas de la ausencia de recursos económicos y por su efecto en la autoestima del sujeto. No ha sido tan estudiado sin embargo, el efecto de otro tipo de frustraciones derivadas de las tensiones o insatisfacciones de determinados tipos de trabajos. Con respecto a las relaciones sociales, se supone que la ausencia de apoyo social y el aislamiento con respecto a los sistemas de apoyo provoca una reducción de la tolerancia al estrés que dificulta el afrontar de manera competente la interacción cotidiana y el cuidado de los hijos.

En el nivel microsistema se estudian todas aquellas variables que implican comportamientos concretos de los miembros de la familia nuclear, así como el efecto de las propias características de la composición familiar. Se incluyen en este nivel tanto las características psicológicas y comportamentales de cada uno de los padres como las de los hijos. Dentro de este nivel adquiere especial importancia el estudio de la interacción entre los diferentes miembros del sistema familiar. La interacción entre ambos padres y la interacción de los padres con los hijos serían el sustrato sobre el que se irían instalando las posibles situaciones de maltrato. Determinados atributos de los padres (capacidad empática, tolerancia al estrés, síntomas depresivos, alteraciones de personalidad, etc.) y de su relación (desajuste marital, violencia de pareja), en interacción con variables temperamentales y comportamentales de los hijos, se entienden como los desencadenantes del maltrato.

Por último en los modelos ecosistémicos se incluyen las variables relativas a la propia historia de crianza de los padres. La relación con los propios padres y el tipo de cuidado y atención recibidos en su infancia estarían condicionando o explicando la capacidad para cuidar, atender y educar adecuadamente a los propios hijos.

A continuación se presentará una revisión de los factores etiológicos del maltrato físico y del abandono físico.

MALTRATO FISICO.

La transmisión intergeneracional del maltrato físico.

La transmisión intergeneracional del maltrato ha sido considerada como una evidencia casi desde los primeros momentos de abordaje del “síndrome del niño apaleado”. Las teorías psicodinámicas se han apoyado básicamente en dicha transmisión de patrones maltratantes para explicar los procesos intrapsíquicos que subyacen a las relaciones en las que predomina el maltrato físico. Desde la teoría del apego, también se ha analizado dicha transmisión intergeneracional aplicando el conocido constructo de los modelos internos de funcionamiento. Desde el aprendizaje social, se hipotetiza que la historia del maltrato infantil provocaría una ausencia de habilidades aprendidas para el manejo de las conductas de los niños y la utilización del castigo físico como exponente de la única estrategia aprendida.

No obstante, estas explicaciones se han basado en una supuesta evidencia de tal transmisión intergeneracional o de la repetición del ciclo de los malos tratos que ha empezado a no ser aceptada de manera generalizada. En muchas investigaciones que han estudiado esto no se han tenido en cuenta todos los padres que han sido maltratados en su infancia y que cuidan adecuadamente a sus hijos. Es evidente que este importante sesgo produce una sobrestimación de las tasas de transmisión intergeneracional.

Por otra parte, en los estudios longitudinales se evalúa la reaparición del maltrato infantil en un único hijo y sólo durante un breve lapso de tiempo (primer año, cinco primeros años). Es conveniente tener en cuenta que no todos los hijos de una familia son siempre objeto de maltrato y que las tasas de distribución por edades muestran altas proporciones de casos aparecidos después del primer año o a partir de los seis años.

De cualquier manera, es evidente que la historia de maltrato es una variable que coloca a un sujeto en un importante riesgo de reproducir el problema. Lo esencial es discriminar aquellas variables que hacen que un sujeto maltratado se convierta o no, en un maltratador físico con sus hijos. Se suele afirmar que es más frecuente la recurrencia cuando no se produce, por cualquier razón, una adecuada integración de la historia de maltrato vivida. También se afirma que la presencia de una figura de apoyo en la infancia, la participación en algún tipo de actividad psicoterapéutica y la estabilidad y apoyo emocional de la pareja actual son los aspectos que diferencian a los sujetos maltratados que reproducen este problema de los que no lo hacen. En definitiva, las situaciones de ruptura de la supuesta transmisión intergeneracional y las razones de tal ruptura son un aspecto esencial en la comprensión de la etiología del maltrato infantil.

Apoyo social.

Se ha afirmado frecuentemente que los padres maltratantes físicos poseen una limitada red de apoyo social. Desde un punto de vista teórico se afirma que los episodios de maltrato físico se producen por la incapacidad del padre / madre para manejar las situaciones estresantes. Esta incapacidad tendría una posible explicación en un excesivo nivel de estrés experimentado y una reducida calidad de la red de soporte social informal del sujeto. La experiencia de los profesionales y la investigación han mostrado que en las familias maltratantes se da una mayor pobreza en la red de apoyo de los amigos y de los parientes, y, de manera especial, que las madres maltratantes se encuentran mucho más aisladas que las madres no maltratantes.

Existe también, una cierta cantidad de aportaciones empíricas que señalan que una parte importante de casos de maltrato físico se producen en familias monoparentales y, en su mayoría en familias en que la madre se encuentra sola.

El déficit en apoyo social se relaciona con el maltrato físico, en la medida en que, puede incapacitar al sujeto para enfrentarse adecuadamente a las situaciones estresantes. Pero también debe tenerse en cuenta que en este tipo de situaciones, la falta de apoyo social impediría un adecuado feedback externo sobre la calidad de la propia conducta interactiva con los hijos.

Alteraciones psicopatológicas.

Una de las cuestiones más estudiadas es la presencia de alcoholismo y toxicomanías en las familias maltratantes, y los trabajos empíricos realizados presentan datos que apoyan esta relación en los casos de maltrato físico y de abandono físico.

Se han realizado una importante cantidad de investigaciones que han analizado la relación del maltrato físico con alteraciones psicológicas de los padres. En términos generales parece aceptado que el malestar psicológico correlaciona con la frecuencia de maltrato físico ; sin embargo, sólo en un reducido número de casos se encuentran alteraciones psicológicas concretas y diagnosticables.

Algunas investigaciones han encontrado en los maltratadores físicos una mayor tendencia a la impulsividad, a la expresión de la cólera y a la excitabilidad. También se ha encontrado en los maltratadores físicos una mayor frecuencia de casos con personalidad antisocial y personalidad lábil.

Todos los resultados de lo diferentes trabajos de investigación acerca de la situación psicológica de los maltratadores físicos, asignan una mayor importancia al malestar psicológico (depresión, ansiedad, hostilidad) y al estado emocional negativo general del sujeto. En realidad, se puede afirmar que se está detectando en los maltratadores físicos una mayor presencia de lo que se ha etiquetado como “neuroticismo”. La importancia asignada a factores hereditarios en dicho rasgo haría pensar en la necesidad de una mayor focalización de la investigación del maltrato físico infantil en los aspectos más individuales.

Modelos cognitivo conductuales.

Bauer y Twentyman (185) formularon con cierta claridad el modelo cognitivo del maltrato físico. Este último se produciría tras una secuencia de cuatro fases:

1. Expectativas inadecuadas con respecto a secuencias de interacción del niño.

2. Incoherencia entre la conducta del niño y las expectativas.

3. Interpretaciones extrañas de la conducta del niño basadas en la intencionalidad.

4. Respuesta inapropiada y agresiva hacia el niño.

Se trataría, en definitiva, de inadecuación de los padres para la resolución de las situaciones estresantes.

Más recientemente, Milner (1993) ha formulado un modelo etiológico del maltrato físico basado en la teoría del procesamiento de la información social. En este modelo, el procesamiento de la información constituye un proceso que se compone de tres fases cognitivas:

1. La percepción de la conducta social.

2. Las interpretaciones, evaluaciones y expectativas que dan significado a la conducta social.

3. La integración de la información y selección de la respuesta.

La cuarta fase es de tipo cognitivo conductual, e incluye el proceso de implantación y monitorización de la respuesta. Se incluyen en este modelo las distorsiones y sesgos cognitivos previos asociados con esquemas cognitivos preexistentes.

1. Esquemas cognitivos preexistentes: Se asume que tales esquemas o estructuras de información influyen en las percepciones del niño y en las actividades cognitivas de otros momentos del proceso. Entre ellos se debe tener en cuenta la creencia de los padres maltratadores en el valor del castigo físico, las expectativas no realistas acerca del comportamiento y rendimiento de los hijos, y las creencias específicas relacionadas con las características de los hijos propios (como más problemáticos, más hiperactivos, más agresivos, menos inteligentes, etc.), que parecen señalar un sesgo cognitivo por parte de los padres.

2. Fase primera: Percepción: Aquí deben tenerse en cuenta una serie de posibles dificultades perceptivas de las madres o los padres maltratadores. Se puede hipotetizar acerca de una menor habilidad para reconocer el estado afectivo del niño y para identificar sus expresiones emocionales. Estas dificultades se agudizarán en situaciones de mayor indefinición de tales expresiones emocionales, y de manera especial en situaciones de aumento del estrés situacional. Se ha hipotetizado también acerca de la tendencia de los sujetos maltratadores a percibir a sus hijos como estímulos aversivos independientemente de su conducta. En situaciones de alto nivel de estrés, se ha constatado que lo padres con mayor riesgo de maltrato tienen dificultades para distinguir entre comportamientos positivos y negativos de los hijos. Parece que una de las líneas de investigación más productivas en relación a esta fase se encuentra en la posible influencia de las situaciones de estrés en la capacidad perceptiva (“fatiga cognitiva”) de los padres maltratadores en relación a las conductas de sus hijos.

3. Fase segunda: Expectativas, interpretaciones y evaluaciones de las conductas de los hijos: Ya se han comentado anteriormente las diferentes perspectivas existentes sobre la hipotética distorsión en las expectativas que los padres tienen de las conductas de sus hijos. Sería de interés añadir a este tipo de hipótesis, el estudio de la influencia de las situaciones estresantes en tales sesgos atribucionales y el papel de la evaluación de la conducta del niño como más o menos negativa como mediador de las acciones disciplinarias parentales.

4. Fase tercera: Integración de la información y selección de respuestas. La menor flexibilidad para entender la conducta del niño y la menor habilidad para generar estrategias adecuadas de manejo del niño pueden estar generadas por la dificultad de los padres maltratadores físicos para utilizar los recursos cognitivos que facilitan la interpretación y la resolución de los conflictos.

5. Fase cuarta: Implantación y monitorización de las respuestas. Hay pocos estudios sobre esta fase, pero en la mayoría de ellos se aprecia que los padres maltratadores son incapaces de cambiar su propia conducta y de utilizar técnicas alternativas de manejo de la conducta del niño que son necesarias para modificar el comportamiento de éste de manera adecuada.

Se han desarrollado un cierto número de investigaciones que han evaluado de diferentes maneras las respuestas psicofisiológicas de los padres maltratadores físicos ante una serie de estímulos relacionados con la infancia (McCanne y Milner, 1991). En todos estos trabajos subyace este tipo de modelos cognitivo conductuales en los que se argumentaría que tal reactividad fisiológica puede, en parte, ser explicada por la percepción amenazante de estímulos infantiles o de cualquier situación estresante por parte de personas que no disponen de habilidades para su adecuada resolución. La falta de habilidades de afrontamiento de problemas y de técnicas de manejo del estrés haría que se produzca esta mayor activación fisiológica ante la presencia de estímulos infantiles estresantes, especialmente el llanto del niño.

Entre los modelos explicativos del maltrato infantil no se encuentran propuestas sobre factores neuropsicológicos que si son frecuentes en los modelos generales sobre la agresión humana. Tomando como base estos modelos, sería posible hipotetizar que ciertos déficit neuropsicológicos relacionados con problemas en el procesamiento cognitivo pueden determinar si se produce la agresión, cuándo se produce y hacia quien (Milner y McCanne, 1991). La hipótesis no es en absoluto, simple y es posible que cierto déficit cognitivo presente en sujetos con retraso mental y también en sujetos no retasados contribuyan al maltrato físico. Estas alteraciones cognitivas se concretarían en dificultades para el razonamiento abstracto y en la flexibilidad para entender la conducta del niño y generar estrategias adecuadas de manejo de la conducta infantil. Se ha sugerido que sujetos con una disfunción cerebral mínima pudieran tener dificultades para poner en marcha los mecanismos de evaluación cognitiva, interpretación, integración de información y selección de respuesta que son necesarios para resolver los problemas y conflictos familiares, y pudieran tener también una mayor tendencia a experimentar frustración y cólera provocados por su limitado vocabulario, su lentitud de pensamiento y su ineficacia comunicativa (Milner y McCanne, 1991 ).

Los padres realizan evaluaciones habituales de determinadas conductas de sus hijos, unas más o menos estresantes que otras. Estas evaluaciones deben llevarse acabo teniendo en cuenta las capacidades evolutivas del niño, la funcionalidad situacional e intencionalidad de la conducta, etc., y esto requiere que se puedan utilizar ciertas capacidades cognitivas de manera ágil y en situaciones con factores estresantes que interfieren o limitan su eficacia. Tras esta evaluación, se deben elegir estrategias más adecuadas para resolver la situación generada por el niño. En esta elección se analizan todas las posibilidades de resolución del conflicto que son más o menos eficaces a corto plazo y que tienen más beneficios y menos costos a largo plazo La eficacia de las estrategias utilizadas debe evaluarse de manera automática para introducir correcciones en las mismas e ir adecuándolas a las reacciones del estado emocional del niño. Todo ello requiere unas capacidades cognitivas que no siempre pueden darse por supuestas en todos los sujetos o que un mismo sujeto no siempre pone en marcha con la misma eficacia. La limitación en el repertorio o la inadecuación de estas estrategias puede provocar un sentimiento de ineficacia que generaría, a su vez, un estado de frustración y cólera asociado a una hiper reactividad fisiológica y a distorsiones cognitivas sobre el comportamiento del niño, que desencadenarían la conducta agresiva hacia éste. La ausencia de técnicas de control de los impulsos sería el último eslabón que justifica en este modelo la aparición de maltrato físico.

Factores de vulnerabilidad infantil.

Desde un punto de vista interaccional, es necesario tener en cuenta que las variables o factores hasta ahora citados y relacionados con las características psicológicas de los padres, favorecerán los actos de maltrato físico de manera especial cuando el niños, a través de ciertas características propias o ciertos comportamientos, supere la capacidad de los padres para dar respuesta a sus demandas. Hay datos que señalan una mayor frecuencia de maltrato físico en determinados niños que pueden ser considerados de mayor vulnerabilidad.

Algunos estudios muestran que las tasas de maltrato decrecen con la edad del niño. La mayor frecuencia de maltrato en los niños más pequeños pueden deberse a una mayor tendencia a usar con ellos la fuerza física que el razonamiento o al hecho que son niñas dependientes física y psíquicamente y pasan más tiempo en contacto con los adultos. Los niños más jóvenes tienen, por otra parte, más dificultades en la regulación de las emociones y esto puede aumentar las posibilidades de provocar la irritación de los padres y la pérdida de su control. La mayor autoasertividad de los niños en determinadas fases del desarrollo evolutivo hace que traten de funcionar autónomamente y puede generar más conflictos con los padres ( Belsky, 1993 ).

También se ha señalado que existe un mayor riesgo de maltrato físico en los niños con algún tipo de dificultades de salud física. De manera especial, las hipótesis se han focalizado en los niños prematuros y de bajo peso, que parecen presentar mayor frecuencia de estímulos que potencialmente provocan tensión y estrés en los padres. No obstante, la presencia de mayores tasas de maltrato físico en niños prematuros o de bajo peso no ha sido corroborada de manera generalizada en todas las investigaciones y los resultados son inconsistentes también cuando se evalúa la salud general, la utilización de cuidados intensivos o la presencia de hándicaps físicos. No obstante, desde una perspectiva interaccional es comprensible que tales factores de vulnerabilidad no aparezcan como factores de riesgo de manera clara hasta que no se presenten en familias con padres vulnerables por razones de tipo psicológico o social.

Desde tal perspectiva bidireccional, se puede entender que se haya afirmado con cierta frecuencia que la propia conducta del niño pudiera ejercer un efecto en generar o mantener la conducta del maltrato físico. Hay resultados que confirman que los niños maltratados presentan más problemas de conducta que los niños de familias no problemáticas. De todas formas, no queda claro si los niños o presentan más problemas de conducta, o son únicamente percibidos como más problemáticos por los padres, ni si tales problemas de conducta, en caso de existir, son previos o posteriores a la aparición del maltrato físico. Se necesitan más estudios de tipo longitudinal que delimiten el papel real que el niño desempeña en la interacción maltratante (Belsky, 1993).

ABANDONO FISICO.

La escasa cantidad de investigación desarrollada específicamente para las situaciones de abandono físico hace que el conocimiento sobre este problema sea bastante limitado. Esto puede resultar más importante si se tiene en cuenta que los casos de negligencia suelen ser en su mayoría más crónicos y de peor pronóstico (Daro, 1988). Habitualmente se ha utilizado con más frecuencia el modelo sociológico en la explicación del abandono físico, focalizando su etiología en las situaciones de carencia económica en que se produce. Es importante sin embargo, analizar en la medida de lo que sea posible, las variables individuales y familiares que determinan el abandono físico.

En este tipo de casos se puede suponer que adquiriría una gran importancia la ausencia de habilidades de cuidado de los niños, el desconocimiento de sus necesidades, etc. En este sentido, se ha hipotetizado con un síndrome de apatía, que se traduce en la falta de motivación para satisfacer las necesidades de la familia, para proporcionar supervisión a los niños, en la ausencia de cuidados médicos, etc. Se puede pensar que en los casos de abandono físico el niño, aunque actúe, no participa en la interacción y, haga lo que haga, no estimula ni motiva ningún tipo de comportamiento en los padres.

Estos planteamientos son coherentes con algunos resultados de investigaciones basadas en hipótesis de tipo cognitivo. Los padres / madres negligentes no manifiestan el mismo tipo de reacciones de irritación ante estímulos estresantes (relacionados y no relacionados con los niños) que los padres / madres maltratadores físicos y, sin embargo, se acercan a las puntuaciones de padres / madres de la población general ( Bauer y Twentyman, 1985 ). En el caso de las madres negligentes, se han encontrado atribuciones y distorsiones sobre las conductas de los niños que son más crónicas y que provocan un único patrón de respuestas independiente del tipo de comportamiento del niño. Esto serviría para corroborar el que los padres negligentes son socialmente menos respondientes a las situaciones ambientales. Que los hijos se comporten de manera positiva o negativa, con éxito o con fracaso, no afectaría a las atribuciones que los padres hacen de tales conductas.

La tendencia comportamental de los padres negligentes en el afrontamiento de los problemas no es la irritabilidad y la agresión, sino, la evitación (Wolfe, 1985). Se ha argumentado que en estos casos de abandono es más importante el grado de psicopatología parental. Los trabajos que han estudiado esto en casos de abandono sólo encuentran confirmación a la hipótesis en lo que se refiere a la presencia de retraso mental y no en cuanto a la presencia y severidad de otro tipo de síntomas psicopatológicos.

N. Polansky lidera uno de los grupos de investigación que ha estudiado con mayor profundidad las características etiológicas del abandono físico. En una de sus revisiones (Polansky, De Saix, y Sharlin, 1972) propone una clasificación de cinco tipos posibles de madres que formarían el conjunto de los casos de negligencia : apática, inmadura, con retraso mental, con depresión reactiva y psicótica. Todas ellas, por razones diferentes, estarían incapacitadas para el desempeño del rol parental y, en concreto, fracasarían en la satisfacción de las necesidades básicas de los hijos.

No obstante, estos autores han trabajado de manera más específica en las deficiencias de integración ecológica de este tipo de madres, es decir, en su soledad y distanciamiento social. La hipótesis esencial es que se trata de familias en que las madres se encuentran objetivamente aisladas y subjetivamente solas. Se supone que estas madres se encuentran socialmente inmovilizadas y emocionalmente hundidas debido a una soledad crónica y severa. Lo importante es el análisis de las causas de esta soledad, que pueden encontrarse en factores caracterológicos o en aspectos situacionales. Comparando madres negligentes y un grupo de madres de la población general, no se encontraron diferencias en las características del ambiente en el que vivían ambos grupos desde el punto de vista de las posibilidades de apoyo social objetivo. Sin embargo, para las madres negligentes, su entorno era menos amistoso y potenciador de ayuda, vivían en una mayor soledad y tenían menos posibilidades de acercamientos para conseguir apoyo emocional e instrumental. A pesar de que las madres negligentes vivían en ambientes similares al de las madres no negligentes, su integración psicológica era muy diferente y no se sentían emocionalmente apoyadas y estaban solas.

Desde la perspectiva del procesamiento de la información, también se han estudiado los procesos subyacentes que provocan el fracaso competencial de los padres negligentes. Las hipótesis que propone Crittenden (1993) tratan de describir la forma en que diferentes grupos de padres negligentes procesan información relevante para el cuidado de sus hijos. Es posible, desde este punto de vista, que el estilo del procesamiento de la información contribuya a la capacidad para percibir aspectos esenciales de los diferentes estados de los niños, interpretar adecuadamente el significado de tales percepciones, seleccionar las respuestas adaptativas y responder de forma que se satisfagan las necesidades de los niños. Se supone, por tanto, que los padres experimentan la realidad e interpretan su significado de manera diferente, seleccionan diversas respuestas de distintos repertorios, y las ponen en funcionamiento bajo condiciones diferentes. Desde el punto de vista perceptivo, habría un sesgo sistemático para no percibir señales indicativas de la necesidad de atención y cuidado del niño. Desde el punto de vista interpretativo se asignarían significados a las señales del niño que justifican la conducta de evitación o la ignorancia de tal señal. Desde el punto de vista de la selección de las respuestas, los padres negligentes tenderían a creer que ellos no pueden cambiar de manera eficaz las situaciones de los demás y que ninguna respuesta será eficaz (indefensión aprendida). Desde el punto de vista de la puesta en marcha de la conducta, en los padres negligentes se daría un sesgo sistemático que favorecería otras prioridades (por ejemplo, las propias necesidades) sobre las necesidades del niño.


 

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